Por David Fuente,
La recuperación del marxismo en nuestro país es una lucha difícil. Desde hace décadas, su proyecto político, el comunismo, ha sido proscrito y se ha intentado sepultar bajo toneladas de propaganda hostil. Las organizaciones que se reclaman comunistas, no solo han perdido incidencia, sino que además no siempre demuestran un dominio de su propia teoría ni una práctica coherente con ella. Como resultado, a menudo los sectores de la clase obrera más combativos no emplean el marxismo para orientarse ni enfocan el comunismo como su objetivo último. En cuanto a la universidad, durante el último medio siglo el marxismo ha sido desahuciado de las facultades de filosofía, sociología, antropología, economía, ciencia política, historia, etc. Solo una muy escueta minoría de profesores y estudiantes ha persistido en él.
Todos estos problemas los enfrentamos de manera simultánea a la hora de recuperar la teoría marxista-leninista sobre la opresión y emancipación de la mujer como parte de la guía teórica completa de la revolución socialista y la edificación del comunismo.
Primero, según un cliché aún extendido ―que este seminario ha combatido―, no existe una teoría marxista clara sobre la opresión y emancipación femeninas ligada al conjunto de la teoría marxista y de la práctica comunista. Se afirma que este es un problema relativamente nuevo en el cual el marxismo no profundizó. Nada más lejos de la realidad, la cuestión de la mujer ha sido desde sus orígenes uno de los temas clásicos del marxismo. Se vio en el primer seminario que hay al respecto una teoría coherente desde Marx y Engels. Tal y como hemos seguido viendo en el segundo seminario, a lo largo de los siglos XIX, XX y XXI esta teoría la han desarrollado partidos, líderes e investigadores, desde Zetkin y el Partido Comunista de la URSS hasta el actual Partido Comunista de China. Las contribuciones han sido teóricas y prácticas. De hecho, antes de la aparición de El segundo sexo de Simone de Beauvoir en 1949, la única explicación de vocación emancipatoria y carácter sistemático sobre la opresión femenina era la del movimiento comunista. Esta se encontraba encerrada ya en el libro de Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado,y en el de Bebel, La mujer y el socialismo, y desarrollada por Clara Zetkin, Lenin o la Internacional Comunista. En realidad, la obra de El segundo sexo de Beauvoir era parte de las reacciones que contra el marxismo emergían en aquella época entre sectores pequeñoburgueses descontentos con las sociedades capitalistas; explicaciones que irían ganando terreno al marxismo partir de los años 70 del siglo XX. Sustituir, ante millones de mujeres, las obras de Marx, Engels, Zetkin o Lenin por la obra de Beuvoir, fue uno de los capítulos de la derrota del movimiento comunista en Occidente y un enorme paso atrás en la teoría y en la práctica que la academia contemporánea aún sigue consolidando. Tanto ese libro de Beauvoir como el mencionado cliché de que el marxismo no trató el tema han servido, aunque sea inconscientemente, para lo mismo: abrir una zanja entre las mujeres descontentas con la situación social y el marxismo. La forma más sutil de este proceso ha sido penetrar a las organizaciones comunistas de planteamientos contrarios al marxismo-leninismo. Si este último factor no se tiene en cuenta en las sociedades imperialistas, donde la presión de la ideología burguesa es tan fuerte en todos los espacios de producción ideológica que se abre hueco al interior de los partidos comunistas, no será fácil elaborar una autocrítica y un verdadero proceso de desarrollo del marxismo. He aquí la importancia de volver a los cimientos de Marx, Engels, Zetkin y Lenin: retomar hoy la necesidad continua de construir del edificio teórico, pero sobre los fundamentos correctos, sin asimilar involuntariamente desviaciones.
Nada más superar el primer falso cliché, nada más recuperar lo que el marxismo ha dicho desde sus orígenes sobre la situación de las mujeres y descubrir su rico arsenal de investigaciones y experiencias, nos llega el siguiente cliché: lo dicho por los clásicos del marxismo y por la Internacional Comunista está desfasado. Se afirma que las investigaciones recientes han refutado las conclusiones del pasado. Como marxistas, somos conscientes de que tanto el pensamiento como la vida social están en continuo desarrollo. A nadie se le ocurre tomar el libro de Engels como la última palabra de la ciencia en todos los asuntos que trata. Ahora bien, como marxistas también somos conscientes de que a Lenin mismo se le recriminaba a inicios del siglo XX el querer hacer una revolución apoyándose en una teoría del siglo XIX ―pronto sus críticos se llevarían una buena lección práctica―; somos conscientes de que algunos sectores han presentado de manera infundada el marxismo como “caduco” desde hace más de un siglo. Ya en una sesión del anterior seminario pudimos comparar un texto de la antropóloga Karen Sacks de 1979 con un texto del filósofo soviético Ígor Andréev de 1985[1]. Entonces comprobamos dos cosas: por un lado, la vigencia del texto de Engels y, por otro, que la academia burguesa contemporánea nos hace ver como “más novedosos” los trabajos de los años 70 afines a ella y como “más antigua” la producción marxista coetánea e incluso posterior. En realidad, el libro de Engels, lejos de estar desfasado, contiene el enfoque materialista dialéctico en el que aún debemos educarnos, que se echa de menos también en la antropología contemporánea. Y sus conclusiones fundamentales, y particularmente las relativas al origen de la opresión femenina, no han sido falsadas, sino que las investigaciones posteriores han contribuido a afianzarlas.
Por último, aunque recuperemos los fundamentos del marxismo y el desarrollo posterior, y aunque tratemos de hacer nuestros propios análisis concretos sobre esta base ―como ya hemos intentado― topamos con las tradiciones teóricas y prácticas de las últimas décadas, alejadas del comunismo y el marxismo, e incluso hostiles. Aquí aparece en mi opinión la última barrera al marxismo. Aquí hay quien, incluso desde las filas comunistas, dice: “todo eso que venís señalando es interesante y correcto, pero ahora no es el momento; no puede tener acogida, no sirve para aglutinar”. Esta es una opinión típica de las personas que, incluso en el movimiento comunista, no estudian el marxismo; personas que no palpan su potencialidad práctica ni el poder persuasivo de su potencia científica; personas que en el fondo han perdido la convicción en el marxismo y en el proyecto comunista, y que, con una u otra excusa, empujan, desde dentro y hacia atrás, en contra de afrontar las tareas esenciales; personas que nunca despejarán ningún progreso al comunismo. Hay quien incluso viene tomando el comunismo como el “pegamento” de las protestas existentes. La práctica reciente demuestra que por esa vía no hay ni unión relevante ni construcción de poder obrero y popular. Tan solo, aunque sea de manera involuntaria, se pone al comunismo a remolque de otras ideologías y proyectos.
El movimiento comunista no tiene por tarea unir los movimientos e ideas contestatarias existentes. Esta visión es superficial, cortoplacista, electorera e ineficaz. El objetivo de fondo del movimiento comunista es lograr la sintonía entre las leyes del desarrollo social y la voluntad subjetiva del movimiento obrero y popular; que esta no difiera de aquellas. Su papel consiste en ser el combatiente de avanzada de la tarea histórica de la clase obrera. Tiene por tanto que formar cuadros en el marxismo-leninismo y trasladar su diagnóstico a las organizaciones obreras y populares en lucha; inclusive su diagnóstico comunista sobre la cuestión de la mujer. Por supuesto, el movimiento comunista no siempre está en condiciones de convencer sobre su posición. Incluso puede tener que mejorar sus análisis y sus posturas. Los errores no pueden evitarse del todo en ninguna actividad humana. Pero si renuncia a la lucha por defender y desarrollar sus principios ya sólidamente probados, si se va lentamente deslavando, si se confunde con otras perspectivas también críticas con la sociedad burguesa ―como en su tiempo lo fueron la obra de Proudhon, Bakunin, los populistas rusos o los mencheviques―, entonces pronto el comunismo acaba convertido un proyecto vacío y desorientado que se relega a reformar el sistema, si acaso le dejan. Desde finales del siglo XIX Europa no es ajena a estas degeneraciones, y de la historia hay que aprender.
Yo creo que el seminario ha hecho contribuciones para derribar estos tres grandes muros. 1) Ha mostrado de sobra que el marxismo desde sus orígenes trató el tema y dio un diagnóstico a la opresión y emancipación de la mujer. 2) Ha mostrado que el marxismo ha guiado la práctica, también en esta área específica, desde antes de la victoria revolucionaria, en el siglo XIX, hasta la construcción socialista que aún continúa en países como Cuba y China; y que toda esta experiencia, aunque en muchos aspectos es distante en el tiempo y el espacio, debe formar parte de la conciencia obrera y tiene una médula universal que en términos generales aún nos ilumina el camino. 3) Ha mostrado que no cabe reconocer el marxismo de palabra y dejarlo de lado en la práctica, sino que se puede confiar en él para guiar hoy la acción y fortalecer el objetivo comunista tanto entre los sectores movilizados por la situación de las mujeres como entre las mujeres obreras que no se sienten interpeladas por los actuales movimientos.
El seminario no puede hacer estos tres aportes para todo el mundo de una vez y para siempre. Aunque derribemos estos muros entre algunas personas y por un tiempo, en la sociedad burguesa se vuelven a reconstruir cada vez que alguien los supera. Solo la sociedad socialista hacia el comunismo podrá abatir estos muros sin que puedan lograr levantarse de nuevo. Pero el seminario ha caminado en la dirección correcta cumpliendo una tarea necesaria. Ha servido de punto de apoyo para que personas comprometidas con la lucha contemporánea, y muchas de ellas con la lucha comunista, amplíen su estudio y su visión revolucionaria y salgan fortalecidas para continuar su actividad.
El creciente cúmulo de éxitos del socialismo en China está abriendo poco a poco una nueva época internacional de recuperación del horizonte socialista en sectores mayores de la población. China no insuflaba este efecto en Europa hace 30 años. Lo venimos viendo en claro acenso desde hace diez. Y desde la pandemia ha dado un gran salto. Tal proceso no está en su culmen, no va a detenerse. Los logros de China van a ser cada vez más destacados en todos los frentes. Esto, junto con la crisis general del capitalismo en Occidente, está abriendo un nuevo horizonte en el que la lucha comunista va a poder prosperar, siempre y cuando se depure de sus errores. Ante esta situación, tareas como la del seminario son fundamentales para despejar el camino a la fuerza científica del marxismo y para que el movimiento comunista alcance un nuevo nivel de lucha. Por ello el esfuerzo merece la pena y necesariamente dará frutos.
Quien no haya podido seguir el debate en directo tiene a disposición los programas, las lecturas y los vídeos para aprovecharlos individual o colectivamente; tal vez este mismo verano y otoño, antes de que a final de año se presente la siguiente edición del seminario.
[1] Los textos están en la descripción del vídeo.